El matón del instituto (Bienvenido, 2016)


Llevaba desde octubre sin salir a correr por lo que esta tarde no las tenía todas conmigo de poder acabar la carrera de la San Silvestre. 

No pienses en quienes van por delante, piensa en lo que llevas recorrido. 
No fuerces en la primera vuelta, es mejor reservar energía para la segunda. Si te adelanta todo el mundo en la segunda la fatiga psicológica es mucho mayor que la física. 

Mi hermano me anima y me dice que soy capaz antes de que den la salida. Ya sabemos que en cuanto empiece él irá muy por delante. Este año me toca correr sola, y por eso quien no corre conmigo -por molestias no graves pero incómodas para seis kilómetros-  me ha pedido que corra por los dos.

Empieza la carrera y el sol de invierno va marcando metas, colándose entre los edificios altos del paseo de la playa San Lorenzo. Encuentro gente. Saludo. Hay bromas y voy tranquila. Es buena esa sensación de rostro que se va calentando y que no es por pudor ni vergüenza ni enfado, sino de puro movimiento. Recuerdo las sensaciones de hace un año. Me centro. Pienso, por primera vez en estos meses, sólo y únicamente en la respiración y en lo que veo. Al llegar a la segunda vuelta me digo que sí, que aguanto. 

Cerca del último tramo tengo los mejores ánimos posibles. No voy muy rápido y puedo chocar la mano con E. Entonces reconozco una silueta. En la salida ya nos habíamos cruzado pero no me había ni reconocido. Mi némesis del instituto -todas tenemos una o uno, ¿no?- un tipo alto y grande que se reía de los inseguros, que amenazaba a los débiles, que acosaba a muchas chicas, que intimidaba a todos. Reconozco su silueta en el último tramo. Por primera vez la carrera deja de ser conmigo misma y me propongo meter el apurón final para lograr esa absurda e inane, pero también de repente poderosa, satisfacción de ganar al abusón al que me enfrentaba sin éxito cuando yo tenía quince años. 
Me doy cuenta de que no soy capaz, que se ha estrechado la vía por la que vamos y que apenas hay sitio, que no puedo adelantar, que él va por delante y que llegaré justo detrás de él. 

Entiendo que la metáfora anda ahí. Que a veces nos enfrentamos con lo poco que tenemos a algunos gigantes que tienen más medios y están más preparados. Y que no está tan mal, partiendo de una línea de salida tan diferente, andarles tan cerca. Pienso en este año y en lo poco que nos esperaban. En que una carrera es un tremendo esfuerzo pero compruebo que se puede hacer sonriendo aunque el cuerpo esté cansado. Que el gesto de la sonrisa, de hecho, ayuda a llevar mejor el cansancio que aquella mueca de cuando entrenaba atletismo siendo una cría y que la monitora nos aconsejaba evitar. No se trata de estética, se trata de actitud, entiendo hoy. 

Cuando ya asumo que esto es así y que ni tan mal, que superar el reto de los kilómetros para los que una no había entrenado ni estaba en forma, veo un hueco. Pego un pequeño tirón y adelanto a las personas que me rodean. Dejó atrás al matón del instituto. Llego a meta. Sucede. 

Y lo cierto es que el pobre matón del instituto -del que me podría hasta bailar el nombre, aunque escribiendo esto sé que lo recuerdo- ni me recordará o no me reconocerá o ambas. Y quizás hoy es un buen tipo. Y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Pero apareció hoy para ser metáfora de otra lucha, que nos vive y que nos toca. La de los matones que llevan tanto abusando de los débiles, mintiéndonos a todas, acosándonos, metiéndonos el miedo en el cuerpo. Esos matones a los que les andamos en la carrera tan cerca, y eso que no partimos de la misma línea de salida. Esos matones que tienen, sí, todos los medios para ser unos matones, pero que no cuentan con nuestra fuerza. 

Claro que importan las palabras. Quién me asegura a mí que sin las palabras de E. diciendo "Mamá, tú puedes" iba a poder yo nada. 

Que esta anécdota de esta tarde de invierno sea presagio de cómo viene 2016. Claro que podemos ganar a los matones de instituto, si nos tenemos cerca.